viernes, 5 de junio de 2015

Tirando de hemeroteca “ABC” (tercera parte)

 Terminamos con esta entrada las apariciones del Pasatiempo o los hermanos García Naveira en el diario ABC. Hoy cerramos este repaso por la hemeroteca del famoso periódico con un reportaje a página completa publicado en el año 2000 dedicado a diversos lugares de Galicia y recogido bajo el título de El Pasatiempo, aunque poco nos habla del parque betanceiro.





   El martes 7 de julio de 2000 ocupaba la página 79 el siguiente artículo.

El Pasatiempo
Las hortensias y los agapantos se encadenan misteriosamente en los jardines particulares y los parques públicos de Galicia como un antídoto contra las acritudes del mundo. Como los magnolios, cuyas raíces son tan hondas que desde la Quinta das Lágrimas, en Coimbra, acaso crucen bajo el lecho del Miño para entrelazarse con sus hermanos de la plaza de Compostela, en Vigo, y en tantas campas de vivos y muertos. Las Hortensias es también el nombre de uno de los restaurantes de Corcubión, uno de los pueblos que han sabido eludir las tentaciones de la especulación en la Costa de la Muerte, que con más pericia se asoma al mar y que cuando se trata de casar al arroz con el marisco o convertir orujo en tarta consigue efectos más extraordinarios. Si luego en plena noche llega el turbión y los relámpagos se cuelan en la intimidad del sueño, el aguacero que llega a bordo del tren de mercancías de la oscuridad es recibido como una filigrana, tejido que nos arropa y nos devuelve a la infancia sin fin. Sobre todo cuando dormimos lejos de nuestra cama de todas las noches, como personajes de un cuento triste de Clarín, en estaciones provinciales, esperando que el destino no nos sea demasiado adverso. Llueve contra el pavimento nocturno y buscamos lo que todos, una carne afín con la que no sea necesario explicarse, ni huir después. Frente al hotel Pereiriña, camino del faro de Touriñán, se levanta uno de esos aserraderos que son los zigurats gallegos, de madera de pino manso que la lluvia empapuza. Llueve sin compasión, con la alegría del chubasco que no sabe de vacaciones. Por la misma carretera por la que los automovilistas se acercan a las playas pasa sin prisa un campesino entre dos vacas. Con el sonajero de la lluvia en los talones emprendemos el camino del norte, otra casa de hortensias.
   Sobre Betanzos el cielo está cubierto y hay vetas azules. Como si el fundador de El Pasatiempo, el «indiano» Juan García Naveira, que de vivir en 1999 tendría 150 años, se hubiera dedicado a extender sobre las paredes de la tarde su sueño de cemento. Jaime Lafora habla de su bisabuelo con una emoción legítima: «Quiso dar trabajo a sus convecinos y evitarles el mal trago de la emigración, que todos los niños fueran a la escuela y contar a sus paisanos lo que había visto en sus viajes». Que el mundo no se acababa en Betanzos. Así concibió y construyó El Pasatiempo, un lugar de recreo a modo de «parque enciclopédico» en el que «ilustrarse» con figuras de cemento coloreado sobre asuntos tan intrincados como «el árbol genealógico del capital» (en el que voluntad y ahorro juegan su papel), «el fusilamiento de Torrijos»., «la España monárquica y sus 18 hijas republicanas», «el viaje a Egipto», «el canal de Panamá» o un estanque chino en el que dos cisnes lánguidos se dejan admirar por los visitantes. Cuando en 1893 se inauguró el parque, fue todo un acontecimiento. Abandonado y saqueado tras la guerra civil, los herederos de Juan García Naveira acabaron donándolo en 1981 al municipio, que ha comenzado una ciclópea restauración que no tiene fecha final. La ingenua representación de lo que somos, o de lo que se pensaba que éramos hace más de cien años, es un pasatiempo más delicioso que muchos agotadores parques temáticos que parecen dedicados a matar concienzudamente el tiempo.
   A las afueras de Betanzos, donde el mundo se llama Oza dos Ríos, han cortado los avellanos que escoltaban la vía y a la casa de las hortensias por antonomasia, la de Mónica Fernández-Aceytuno, el rumor del tren llega como si trajera madera de campeche, palabras que ella desmenuza en la mesa de la cocina, donde escribe. Quien no tiene una casa no tiene ni faro ni cobijo. La de Mónica en el Lugar da Carraceda está habitada por un hombre que sabe volar, dos niños que no cesan de hacerse preguntas y dos gansos y una oca con perfil noruego y pico de pocos amigos. Cae la noche sobre este rincón del mundo y los árboles, que crecen de prisa, parecen sostener la bóveda celeste. Es entonces cuando centenares de gorriones molineros se acuestan a dormir entre las enredaderas, glicinias y hortensias que arropan la casa de esta escritora que, como una hermana pequeña de Emily Dickinson, echa a volar artículos con forma de cometa.
Alfonso ARMADA

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