sábado, 12 de septiembre de 2015

Mitos y Leyendas de Galicia (Faro de Vigo, 1993)

   Hoy contamos con la colaboración de otro seguidor del blog. En esta ocasión le debemos la presente entrada (así como un saco lleno de agradecimientos) a Gabriel Villar. Nos hace llegar desde Vigo unas interesantes fotografías de un coleccionable en tres tomos aparecido en el Faro de Vigo. Su nombre es Mitos y leyendas de Galicia (Editorial: Faro de Vigo, Vigo: 1993), su autor es Francisco Pablos.


Fuente: Galeón Vigo


   A continuación os dejo, como siempre, la transcripción del texto, así como las fotos que ilustran el artículo. Se trata de un curiosos reportaje, en el que se se nota que el autor no siguió la tónica de casi todo el material que existe sobre el parque , es decir, copiar indiscriminadamente datos del libro "<<El Pasatiempo>> O capricho dun indianode Ignacio Cabano Vázquez, Mª Luz Pato Iglesias y Xosé Sousa Jiménez. Aún así tiene varios datos inexactos y algún fallo de peso. También destaca el orden caótico a la hora de hablar de los elementos del parque.
   

MITOS Y LEYENDAS DE GALICIA
LXXV

Sueños de enciclopedismo

“El Pasatiempo”, quimera de un indiano de Betanzos desde la didáctica hasta la vanidad y el derroche.

Vista general de "El Pasatiempo" en su estado actual.
Apenas cabe imaginar hoy, entre las ruinas de este increíble alarde de un pasado casi próximo, la expresión enciclopedista que fue “El Pasatiempo”, la finca que, a modo de lección pétrea y vegetal, construyó desde el onirismo más inefable un indiano betanceiro que, tras labrar fortuna considerable en Argentina, se dedicó al mecenazgo por sendas que tocaron el arte, la historia, la religión, las ideas socialistas, hasta alcanzar el delirio.
Deseó perpetua memoria de su obra; se obsesionó por la educación popular; amó apasionadamente el progreso técnico y la confraternidad universal; más en todo aquello sólo habita el olvido y la curiosidad ocasional de algún estudioso de lo insólito que elogia a su patrocinador y solicita la reconstrucción probablemente imposible de tan vano alarde. Ante los despojos del esplendor perdido se hace más verdad la afirmación shakespearina de que el hombre está hecho de la materia de los sueños. “El Pasatiempo”, o lo poco que queda de tanto como hubo, está en las proximidades de Betanzos, y tanto la finca como el indiano que la costeó han entrado así en la leyenda.
Juan María García Naveira nació en la antigua Brigantium, en el seno de una modestísima familia de agricultores, el 16 de 1849. Escasísima fue su instrucción, ya que reveses familiares le obligaron a ganarse la vida muy pronto. Convencido de carecía de horizontes en el entorno en que se desenvolvía, decidió emigrar a América,   como tantos otros gallegos, cuando contaba veinte años. La Argentina fue su destino. Trabajó muy duramente, y tras largas jornadas de faena acudía a las escuelas nocturnas, deseoso de elevar su cultura. Estableció negocio de paño y llegó a contar con empresas propias de gran volumen.
Cuatro años menor que él era su hermano Jesús, quien también cruzó el Atlántico para unirse a los negocios del ya próspero emigrante. Durante veinte años crecieron las actividades de ambos, en diversos puntos de la nación sudamericana, hasta que amasaron una fortuna importante. Juan, casado en Argentina, donde habían nacido sus hijos, decidió retornar a Galicia en 1893. Al poco le seguiría Jesús. Tras una estancia en A Coruña, optó por residir definitivamente en su ciudad natal, mientras su hermano lo hacía en Madrid, aún entregado a actividades comerciales, si bien pasaba los veranos en Betanzos, donde tanto cada uno como conjuntamente, se entregaron a obras de beneficencia que favorezcan a la histórica urbe.
Obra de Juan, por supuesto, un respetadísimo convecino a quien todos anticipan el obligado “don”, es el lavadero público de Las Cascas, que se inaugurará en 1912; el refugio para niñas anormales, de 1923 y el sanatorio de San Miguel, de 1930, su última tarea, concluida tres años antes de su fallecimiento. Jesús, por su parte, costea las escuelas municipales, en 1912; La Casa del Pueblo, seis años más tarde. Conjuntamente, habían construido un primer lavadero público en 1902; crearon un patronato benéfico docente, en 1908, y un asilo en 1912. Esta  última obra no pudo verla Jesús, pues había fallecido en accidente de circulación, en Argentina, a donde ocasionalmente había regresado, en 1911, cuando contaba sólo cincuenta y nueve años, si bien cuidó en su testamento de cuanto se refería a estas empresas filantrópicas, y su hermano guardó permanente memoria de él, añadiendo su nombre a todas sus tareas y haciéndolo figurar en el monumento que a ambos representa y que fue instalado en “El Pasatiempo”, si bien muchos años después lo trasladaron a una plaza de Betanzos.

Estatua de los Hermanos García Naveira, hoy en la plaza del Campo, en la ciudad de Betanzos. (La plaza se llamaba del Campo, desde hace décadas su nombre es Plaza Hermanos García Naveira) 

La materialización de los sueño del indiano Juan maría García Naveira comenzó a concretarse poco después de unos viajes por Francia e Italia, cuyas peripecias recogería su convecino Rogelio Borondo en el libro titulado “Memorias de un viaje improvisado”, y a Egipto, testimoniado en fotografías, postales y objetos que adquiere y hace trasladar a Galicia con dificultades considerables, como es el caso de dos inmensos leones, tallados en mármol, que situó ante la entrada a “El Pasatiempo” y que muchos años después fueron llevados al santuario de Covadonga, en Asturias. (Esta última apreciación se trata de un inmenso error, para saber el origen real de los leones de la entrada ver este enlace)

Juan María García Naveira, el indiano creador de la insólita fantasía arquitectónica de Betanzos.

Don Juan se interesó por todo lo que constituía progreso técnico y social en la época finisecular que le toca vivir, ya retirado de los negocios y en posesión de una cuantiosa fortuna. Ha acumulado conocimientos un tanto desordenados y en los medios betanceiros se corre el rumor de que pertenece a la masonería, organización internacional mucho más conocida y aceptada entonces que ahora, puesto que las logias abundaban en toda Galicia y alguna existió en la propia Betanzos.
El indiano se apasiona por el alarde de ingeniería que es el Canal de Suez, como lo hará también con el de Panamá. Sin duda le han hablado de ese ser prodigioso, multimillonario como él e igualmente de origen modestísimo, Henrich Schliemann, que ha realizado extraordinarios descubrimientos arqueológicos en Grecia, desde la puerta de Micenas a la imaginaria Troya narrada por Homero en la Iliada. Ve en el germano la imagen que para sí desea y de algún modo, con sus idea de fraternidad, libertad e igualdad, aprendidas en la masonería, trata de imitarlo en el mundo propio que a crear en su ciudad natal.
Naturalmente, tan vasto y siempre incrementable proyecto precisa de amplios terrenos donde asentarlo. Así, el indiano, casi desde su regreso en 1893, comienza a adquirir terrenos, parcelas, fincas, en un baldío pantanosos y en declive extramuros de la ciudad aunque próximo a ella y no lejos de donde el nuevo ferrocarril a O Ferrol dará vida al lugar.

Restos del estanque y galería de los Papas, que llegó a  contar con 265 bustos a tamaño real. (Se trata del Estanque del Retiro, el de los Papas se encontraba en la parte baja, en los terrenos que ocupa el actual campo de fútbol) 

Elige un capataz de obras bajo cuya dirección trabajan las brigadas de obreros, que llegan a sumar dos centenares en los momentos de mayor actividad. Y casi todo hay que importarlo, de manera que por vía marítima hasta A Coruña y después en carros de país, las múltiples mercancías y la inmensidad de tallas y ornamentos arquitectónicos van llegando a Betanzos, ante la sorpresa de las gentes, que contemplan curiosas, y quizá convencidas de que están ante un rico medio loco, todo aquel intenso movimiento que, al menos, da trabajo y buen salario a la mano de obra sin ocupación de que dispone la comarca.
Don Juan persigue afanes eminentemente didácticos, más que de mero coleccionista de rarezas y sorpresas. No en balde, sitúa a la entrada de su fantasía una cartela que dice: “Vd. Que le gusta viajar y que tiene conocimientos y una educación que se separa elevándose de las clases elevadas en España sacaría gran provecho y gusto visitando todo este país de Oriente”.
Es decir, que a los afanes educativos une su propia sensación de que a su obra va a ser una fantasía oriental, aunque más que materialización de Las Mil y Una Noches es remedo del parque de Bomarzo, vestigio de delirios renacentistas italianos, glosado muchos años más tarde –y a don Juan le hubiera gustado saberlo- por el escritor argentino Manuel Mújica Láinez en su novela del mismo título.

Figura de la Caridad Romana, uno de los caprichos de la increíble ornamentación de "El Pasatiempo".

Hasta los años de la guerra europea se trabajaba febrilmente en “El Pasatiempo”, siempre desde las ideas de don Juan y bajo su personal dirección, sin un orden concreto, sino a medida que su fantasía va plasmándose en ejemplos de avances científicos, historia natural; historia antigua, de España y de América; asuntos bíblicos, zoología real y fantástica, temas mitológicos o antropomórficos y ejemplos tomados de las exposiciones universales de esos años.
Se le admira y se le tacha de ridículo y disparatado, como acaeció en el cartero francés Ferdinand Cheval, quien entre 1879 y 1912, personalmente, construyó el palacio ideal de Hauterives, idealización de la arquitectura de la India y al fin, según reconoció André Malraux siendo ministro de Cultura de Francia, el único ejemplo de auténticamente “naif” del país y, en consecuencia, monumento sancionado como histórico-artístico.
Juan García Naveira construye una galería con los bustos de todos los  Papas de la Iglesia católica, desde San Pedro a Clemente XIII, totalizando nada menos que doscientos sesenta y cinco ejemplos, que se complementan con los de emperadores romanos, no menos de una docena (son exactamente doce bustos). Encarga copias de esculturas de Canova, relieves que escenifican el canal de Panamá, la muerte del cacique Tupac Amaru, el fusilamiento de Torrijos; los escudos de todas las provincias de Argentina, con el obelisco de Buenos Aires y los bustos de los doce primeros presidentes de la nación donde había labrado su fortuna y a la que tan unido se sentía; crea grutas navegables, estanques con pérgolas, en las que sitúa una reproducción de la torre de Hércules; laberintos y simbólicos amueblamientos vegetales, entre ellos un comedor y un dormitorio, con todos sus adminículos, simulados por la podadera en arbustos de boj; decora las edificaciones con azulejos y conchas marinas, una de sus grandes pasiones acumulativas; añade grupos escultóricos simbólicos, como el de La caridad, inspirado en una vieja historia romana clásica, aunque a la matrona la dota de un auricular telefónico con el que se comunica él, claro que imaginariamente, al portar en su estatua, en la que está abrazando a su hermano ante una mesa con libros de contabilidad, el otro auricular del invento recientemente patentado por Grahan Bell. Además están Mercurio y el Corazón de Jesús y un grupo que representa al Ecce Homo, como si de “paso” de Semana Santa se tratara, eternamente asomado a un balcón de la escenografía arquitectura que, a tres niveles y como sucesivos anfiteatros, tiene el increíble parque. La pasión animalista le lleva a crear una fauna pétrea, a veces de dimensiones ciclópeas, como el gran león vagamente micénico, encaramados al cual se fotografían invitados, visitantes y meros curiosos, siempre en multitud, porque la figura lo admite.
En sus viajes por Cataluña, el indiano ha conocido la obra del arquitecto Gaudí, y en concreto el Parque Güell, que le entusiasma, sencillamente porque sus delirantes ideas ornamentales tienen muchas coincidencias con el genial reusense, en cuyos detalles adivina simbología masónica, de la que ya sabemos que participa.

Escenografía delirante de los estanques, en la perspectiva muy deteriorada del parque.

Cualquier cosa, por extraña que parezca, cabe en “El Pasatiempo”, y así hay un parque japonés, imitación de del Palermo, en Buenos Aires, y una casa de los espejos, con ejemplos cóncavos y convexos que al deformar las imágenes de los visitantes, producen hilaridad, de la que muy a gusto participa el indiano. Las fuentes abundan en estos inefables jardines, claro que con sus propia simbología cada una, como la de Las Cuatro Estaciones o la llamada Wallace. (Wallace en realidad es un tipo de fuente, en el parque existían dos, flanqueando el Estanque del Retiro)

La imitación de la estética de Gaudí se aprecia en la puerta del Hades, acceso a las grutas antaño navegables. (Había leído que la boca de Hades imita a la boca del infierno de Bomarzo y que la inspiración de Gaudí queda patente en los Colosos de piedra, no aquí. Lo que ya discuto abiertamente es que las grutas fueran navegables, por ancho y por las pendientes de muchas de ellas, esta idea me parece bastante descabellada) 

Y hay un panel horario y referencial de las principales capitales del mundo y un ideograma sobre la fraternidad universal que mucho tiene que ver con los que después sería la Sociedad de Naciones. El relieve de un buzo digno de novelas de Julio Verne se alterna con escenas costumbristas, mientras ladran, mugen, aúllan o pían los bichos del zoológico que situó en el parque, y que fue lo primero que desapareció, al no aclimatarse muchos de esos animales, entre los que hay alguno regalado por el monarca Alfonso XIII.
“El Pasatiempo”, aunque finca privada, permitía la visita pública, mediante el pago de una entrada cuya recaudación se destinaba a la fundación benéfica de los hermanos García Naveira.
El increíble soñador falleció, a los ochenta y cuatro años, en 1933. Sus descendientes no amaban su sueño (ciertas apreciaciones personales como ésta, son más fruto de una opinión que de un razonamiento). El parque fue campo de tiro durante la guerra civil, y más de un papa quedó desnarigado en los ejercicios que, con tan apetecibles blancos, realizaban los soldados. La dura postguerra lo transformó en campo de rapiña, refugio de mendigo, escenario de amores urgentes y lugar de cita de marginados, en una degradación progresiva que, si no existiera memoria de cuanto allí edificó don Juan, nadie puede adivinar hoy lo que fue en su pasado esplendor.
“El Pasatiempo” era un lugar enciclopédico, para unos alarde del ”kitsch” o mal gusto reconocido. Para otros, en cambio, una empresa digna de admiración. Sensibilidad tan aguda como la de Luis Seoane se interesó por él. Y aún vale la pena visitarlo, para adivinar, entre ruinas y ausencias, la concreción de los delirios de un indiano irrepetible.

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